lunes, 10 de noviembre de 2008

Entre el Mito y el Fracaso- Gabriela Luque

ENTRE EL MITO Y EL FRACASO: CRÓNICAS DE VIAJEROS EN LA PATAGONIA AUSTRAL
Lic. Gabriela Luque

“...la Patagonia es tierra manuscrita [...],
biblioteca descomunal donde lo real escrito se lee mágico.”
Héctor Raúl Ossés, Patagonia, ficción y realidad

Vamos hacia atrás en el tiempo de esta América fatal: estas crónicas del mito y el fracaso son las del comienzo, las que dibujaron el primer contorno, las que cifraron en la letra el hambre y la muerte. Final y desconocida, la Patagonia Austral nació como aventura desde los tiempos de su arriesgado descubrimiento, en los albores del siglo XVI, y reforzó su condición de hipérbole absoluta mientras avanzaba su temeraria exploración posterior. Entre otras pocas geografías, el extremo sur es, en sí mismo, un espacio fantástico el territorio de la alteridad por excelencia, la metáfora de la soledad y del olvido, el resplandor de fogatas que nunca terminaron de quemarse., la Última Thule de la modernidad.
La Patagonia es una biblioteca inconmensurable, la cifra de todos los relatos del non plus ultra, del confín, de la última frontera. Desde que Magallanes la descubriera en 1520, fue conocida como una región en los confines del mundo habitado. El nombre mismo se instaló en la imaginación occidental como metáfora del final, el punto más allá del cual nadie podía llegar. Así, en el primer capítulo de Moby Dick, Herman Melville usa el adjetivo "patagónico" como calificativo de lo remoto, lo monstruoso y lo terrible y fatalmente atractivo: “…todas estas cosas, con las maravillas previstas de mil visiones y sonidos patagónicos, contribuyeron a inclinarme a mi deseo.”
En ese gran relato aparecen nombres que se apropian de esa condición homérica: Hernando de Magallanes y Pedro Sarmiento de Gamboa, los Ulises desarrapados de la corona española. Comparten esa condición con otros cientos. En las distintas regiones de ese Mundo Nuevo que no acababa de conocerse, los alucinados que deambulan ensimismados detrás de sus quimeras configuran el reverso del discurso glorioso de una España triunfante, o, mejor dicho, la nota al pie de página. Toda su gloria se cifra en esa acción justamente, el ver. La mirada lo puede todo, y, cuando no lo puede, la escritura arriesga. Esa mirada excluye la de quienes los están mirando. El otro sujeto colonial, el subalterno, el “indio”, no tiene ojos en el relato del conquistador. Tan sólo el europeo mira y se admira y ve por él y entonces convierte esa mirada en el discurso acerca de su propia conquista. Un discurso excluyente y revelador, porque la saga de tanto desarrapado terminará incluyendo aquello que negaba, acercando aquello que estaba lejos, mediatizado por la leyenda, el mito y los textos sagrados.
Cierto es que los relatos del descubrimiento y la conquista, familiarmente conocidos (y poco leídos) como “crónicas de Indias” dan el primer testimonio de sucesos nunca antes vistos. ”Gérmenes de las novelas de hoy”, en las palabras de García Márquez, relatos-fronteras en sí mismos (frontera como territorio de lo imposible, zona de contacto, pasaje, metamorfosis), esas narraciones marcan el momento inicial e iniciático en que Occidente se lanza a llenar con más y más papeles un espacio que, de tan ajeno, se exige propio, y, de tan distinto, se cuenta parecido, como si no tuviese entidad. Y esas primeras narraciones, ocultas en archivos, desconocidas en su época, comienzan a organizarse. Reconocen apenas un referente común, el descubrimiento y conquista de las Indias Occidentales, y un límite cronológico sorprendente, desde 1492 hasta fines del siglo XVIII. Así se inicia el corpus de la literatura del continente. Textos que atravesaron difíciles circunstancias de producción, condenados mayoritariamente a ser conocidos por fragmentos –en el mejor de los casos- o a permanecer archivados en esa vasta metáfora del poderío imperial de España: el archivo (Simancas, primero, y luego, Sevilla, el de Indias).
Quiero detenerme a releer dos crónicas diferentes, enlazadas por el contorno del mapa. Una, la más difundida, la que origina el mito: la prosa elegante y natural del humanista italiano Antonio Pigafetta, Primer viaje en torno del globo; otra, más descriptiva y notablemente menos conocida, la de las Relaciones de Pedro Sarmiento de Gamboa. En ambas el escenario es el mismo, la Patagonia Austral, en dos (o tres, para ser más exactos) viajes de exploración y poblamiento, separados apenas por una distancia temporal de sesenta años. Ya en ellos pueden observarse algunos de los rasgos que identificarán después a la denominada “literatura de viaje”, puesto que en estas relaciones se inicia un género, el de las “narraciones de viaje a la Patagonia”, exactamente el que Ernesto Livon-Grosman caracteriza así:

Todos ellos contribuyen a la formación del mito patagónico como desierto, tierra de nadie, inconmensurable, poblada por gigantes que restringen el acceso a la zona en la que quizás se encuentre el paso que conecte los dos océanos o la prueba geológica que explique la evolución de la tierra. El mito no oculta pero distorsiona y empobrece aquello que está lleno de significado. (Livon-Grosman 2003: 34)

En Pigafetta, con notable economía descriptiva, la Patagonia –o más bien, su mito- comienza a cobrar forma. Ësta es la narración fundacional, ya que se condensan discursivamente aquellos motivos que se verán amplificados en una saga narrativa que llega hasta nuestros días. Hacen su entrada los gigantes, señores de la desmesura, en un espacio que sólo puede presentarse así, desmesurado. La tempestad será siempre “terrible” y presa de “furor”, los animales “extraños” (como en esa inigualable descripción del guanaco, “este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo; relincha como este último”) y los gigantes serán finalmente nominados por Magallanes, en cuyo cabeza se hallaba presente la huella de las novelas de caballería.
Pasemos entonces a la afiebrada prosa de Sarmiento de Gamboa, citada por cronistas desde principios del siglo XVII, pero publicada recién –y parcialmente- en 1768. La primera narración corresponde al primer viaje al estrecho (que él denominará “de la Madre de Dios”) y aparece fechada en agosto de 1580; la segunda es de septiembre de 1590 y en ella aparece la desastrosa expedición que emprendiera para fortificar y poblar la zona.
En Sarmiento de Gamboa no hay gigantes, hay “naturales” o “indios” y la naturaleza se muestra hostil casi permanentemente: el viento fresco “suele ser furioso”, la tierra es “pelada y sin selvas ni árboles”, por eso no hay siquiera madera suficiente para una cruz de tamaño regular y la costa es propicia para los naufragios. Pero también queda espacio para las trazas del discurso de la abundancia: “[...] hay unas llanadas bajas y llanas como valles y a la manera de sementeras, unas verdes y otras angostadas, y una laguna de agua dulce [...]”. En la Segunda Relación, la expedición está sujeta a la traición y al abuso y, en la abigarrada descripción de hechos, asistimos a la lenta agonía de lo que había sido concebido como la más grande empresa colonizadora (veintitrés navíos, tres mil personas). La peregrinación terrestre de este a oeste, para cumplir con la orden real de las dos fundaciones –Ciudad del Nombre de Jesús y Ciudad del Rey Don Felipe- es una muestra del gran relato de viaje americano signado por la desgracia.
[...]de tan desconfiados, que se metían secretamente por los bosques, y se quedaban escondidos a morir. Caminando por la playa con aflicción, por no ver el navío, nos sucedió este trabajo. Y fue que en los árboles había unos racimos de agallones verdes, blandos, de sabor de castañas; y los soldados hallándolos sabrosos, los comían como pan, de que a muchos se les vino a hinchar la barriga hasta reventar, y se hacían como piedras en el estómago. Con lo cual y la desconfianza, iban tan desfallecidos los más [...] y se querían quedar todos allí a esperar la misericordia de Dios o morir[...] (Sarmiento de Gamboa: 286-287)

Quizás la intensificación de los rasgos dramáticos y la no utilización del mito tengan que ver, no ya con el destino real de los conquistadores (la muerte por hambre y enfermedades), sino con la de los textos que dan cuenta de esos hechos. La épica colonial incorpora en su discurso el fracaso y el llorar se convierte, entonces, en un acto fundamental, pero la escasa difusión de estos escritos parece eludir este conflicto. Sarmiento de Gamboa arrancado literalmente por el viento del estrecho, se convierte en una figura espectral que vaga por la corte, a la espera de la atención que llegará cuando ya no quede tiempo. Nadie recuerda a esa expedición faraónica, nadie se interesa por la suerte de los sobrevivientes.
Y en este punto sucedió un eclipse total de luna, de color cetrino, que duró dos horas y media en tinieblas [...] Este mismo día llegó Pedro Sarmiento, al fin de la noche, al surgidero de la ciudad de Jesús y envió luego a la ciudad a que se diese orden de embarcar lo que se había de llevar a la ciudad de Don Felipe. Y estando embarcando algunas cosas, sobrevino un viento tan furioso, que rompió un solo cablote que tenía a la mar, y así quedó la nao sin remedio para poder tornar a surgir. Y creciendo la tormenta, duró forzosa veinte y tantos días, con que la nao por fuerza hubo de tornar al Brasil, a San Vicente y Río de Janeiro, con sola media pipa de harina de raíces; que del frío y hambre, cegaron algunos y otros perdieron los dedos de los pies; y en San Vicente, Pedro Sarmiento vendió sus vestidos para dar de comer y sustentar la gente que traía[...] (Sarmiento de Gamboa:293)

BIBLIOGRAFÍA
LIVON-GROSMAN, Ernesto (2003), Geografías imaginarias (El relato de viaje y la construcción del espacio patagónico), Rosario, Beatriz Viterbo..
OSSÉS, Héctor Ráúl, Patagonia, Ficción y Realidad, Bs. As., 2005.
PIGAFETTA, Antonio (1971), Primer viaje en torno del globo, Bs. As., CEAL. (Biblioteca Fundamental del Hombre Moderno Nº 12)
SARMIENTO DE GAMBOA, Pedro (1988), Los Viajes al Estrecho de Magallanes, Introducción, transcripción y notas de Mª Justina Sarabia Viejo, Madrid, Alianza. (El Libro de Bolsillo Nº 1358)

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Este espacio es un homenaje a un Grupo Literario que existiò el la Patagonia y del que tuve el honor de ser una de las fundadoras. Este grupo, ademàs de su labor poètica y una gran militancia en el campo de las letras y la cultura, iniciò una crìtica literaria en la zona.
Me gustarìa compartir con los lectores trabajos de crìtica literaria, textos inèditos, etc... en fin... lo iremos haciendo entre todos. Se aceptan sugerencias
La foto que encabeza la pàgina es del lugar donde vivo: Puerto San Juliàn, en el Vìa Lucis -sobre el Monte Cristo-Patagonia.

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Puerto San Juliàn, Santa Cruz, Argentina
poeta, narradora, crìtica literaria,madre de tres hijos, casada, ama de casa.