lunes, 7 de septiembre de 2009

Pensando a dos voces: Saber, decir,no- Macky Corbalán

Pensando a dos voces
Saber, decir, no *

Escribir no es neutro; leer no es pasivo; vivir no es intransitivo”
Helen Cixous.


La otra dice:
Fueron siglos de silencio, muros de húmedas piedras de silencio dentro de los cuales apenas se respira. El muro es un adentro, la piel otro, las vísceras, los humores, la vaga emoción.

Una dice:
“El escritor y la sociedad”, fue el tema propuesto para pensar y discutir en un encuentro realizado poco tiempo atrás también en Patagonia, ese tema supone una ficción inicial que quiero cuestionar para –en el mismo movimiento- proponer otra, que comienza con una pregunta: ¿Y la escritora y la sociedad? No me parece un dato menor que la consigna a discutir sea la que es. Por eso, aprovecho a proponerles pensar un poco sobre esto. Y sí, ya sé que no diré nada nuevo, nada que no hayan escuchado antes pero –paradoja mediante- nunca se dice lo suficiente porque, como dicen por ahí: saber no es comprender.
La otra dice:
Interior, siglos de palidez

Una dice:
Nadie desconoce –a esta altura del milenio- las profundas y dolorosas asimetrías en la existencia pública y privada de hombres y mujeres, un tema que en los últimos años ha ido tomando la escena pública, unas veces con condescendencia, a regañadientes otras. Si reconocemos que no es lo mismo ser hombre que mujer en esta sociedad, y que las condiciones de desigualdad que producen esta situación persisten, entonces la pregunta inicial se torna impertinencia ante la punzada de su necesidad.
La otra dice:
Máscaras, penumbras, jerga de la música de los fluidos

Una dice:
Basta con prestar algo de atención al devenir de la historia de la literatura mundial, incluso alcanza con comparar el número de escritores con el de escritoras, o recordar que durante siglos las mujeres aparecimos en la literatura como meros personajes, siempre destinadas a ser representadas antes que representar (¿o acaso hay musos?), que debimos escondernos detrás de seudónimos masculinos o producir textos infantilizados, inocentes, “femeninos”. No había espacio para semejantes pasatiempos, distraídas como debíamos estar con actividades más… cómo decirlo… naturales, ahí está, como enamorarse del amor, crear recetas, mejorar la casa, iniciar familias, criar niños y niñas; ya bastante teníamos con la procreación y la reproducción para andar también ocupadas con la creación.
La otra dice:
Registro incesante / callada iniciativa /origen /simulacros

Una dice:
Ahí, en la búsqueda de comprender este mundo de “destinos” sexo-genéricos, con su inevitable catarata de consecuencias y supuestos ideológicos, comenzarán a aflorar –una a una, hasta abrumar- esas “diferencias” que sólo se explican acabadamente entendiendo a la sociedad como un entramado no inocente de prácticas, mandatos y operaciones simbólicas. La literatura, la poesía, la escritura no escapan a esta construcción sino que son un efecto de ella: actúan y son juzgadas en el marco de los parámetros de su época, siguiendo las directrices del discurso hegemónico. Sólo un profundo y crítico ejercicio de lucidez, que implique abandonar la seguridad, la comodidad de lo establecido –en todo: clase, raza, sexo, género, etc.- será un inicio de desafío, un puño tembloroso que comienza a cerrarse, a blandirse con timidez.
La otra dice:
Dialéctica de una voz minúscula

Una dice:
La escritura es producción de sentido, por ello, durante siglos nos estuvo vedada a las mujeres, fantasmas apenas entre los ritos de la alimentación, del vestido y de la reproducción; devotas devoradoras del sentido que el Otro nos concedía, ya rumiado: padre, hermano, marido. La palabra da sentido, inteligibilidad, crea mundos posibles; es en esta operación de “arqueología de la propia imagen” (J. Kristeva) que comenzamos a reunir los pedazos de un cuerpo fragmentado por el “no soy, no sé, no puedo”.
La otra dice:
Nutrirse, por centurias, de la oscura seguridad de cuartos pulcros, deshabitados

Una dice:
Ahora bien, ¿qué es de nosotras hoy, ahora, ya? Ahora es el tiempo del “soy, sé y puedo”, pero sobre todo es la hora del “deseo”. La escritora, la poeta se busca en el texto, se transfigura y se borra pero es ahora dueña de ese borrarse, propietaria de esa huella, alcanza a reconocerse en ese borramiento.
La otra dice:
Ser cáscara, por siglos, como sólo el idioma es cáscara

Una dice:
El lenguaje es sobre todo poder. Un poder de ejercicio relativamente nuevo para nosotras que no debemos jamás olvidar que “no se desarma la casa del amo, con las herramientas del amo”, como dice la poeta Audre Lorde.
La otra dice:
Interrupciones pero no pérdidas
Inmovilidad pero no pasividad

Una dice:
Toda escritura de mujeres es pregunta por la identidad, más allá del tema, el género y la técnica. Así como pensar es categorizar. Una mujer que escribe se coloca en el lugar de sujeto de prácticas sociales y discursivas, porque está quebrantando un pacto no escrito, ejercido por siglos, donde ella está constituida como objeto, en el lugar de lo degradado, lo nimio, lo oscuro. Una mujer que escribe transgrede lo impuesto, se sale de su lugar asignado, es una hereje, una descarada, seguro una histérica, una promiscua.
La otra dice:
Aprender de la sombra del lenguaje, de esa sílaba extraviada, de esa atmósfera clausurada

Una dice:
La crítica cultural chilena Nelly Richard, en su artículo “¿Tiene sexo la escritura?” reconoce que la feminización de la escritura “se produce cada vez que una poética o una erótica del signo rebalsan el marco de retención-contención de la significación masculina con sus excedentes rebeldes (cuerpo, libido, goce, heterogeneidad, multiplicidad, etc.) para desregular la tesis del discurso mayoritario”. Así, la escritura femenina, signo por excelencia, desequilibra con su mero existir: revela/rebela.
La otra dice:
Cadencias del fuego bajo el vientre tiznado de la olla

Una dice:
Como sostiene maravillosamente Valeria Flores, escritora y docente, lesbiana y feminista, en un texto de su blog: escritoshereticos.blogspot.com: “Parte del debate en torno a mujer y creación se centra en precisar la diferencia entre estética femenina y estética feminista. “La definición de estética femenina suele connotar un arte que expresa a la mujer tomada como dato natural (esencial) y no como categoría simbólico-discursiva. formada y deformada por los sistemas de representación cultural (…) esto sin poner en cuestión la filosofía de la identidad que norma la desigualdad de la relación mujer (naturaleza)/hombre (cultura, historia, sociedad) sancionada por la ideología sexual dominante. En cambio, la estética feminista sería aquella que postula a la mujer como signo envuelto en una cadena de opresiones y represiones patriarcales que debe ser destruida mediante la toma de conciencia de cómo se ejerce y se combate la superioridad masculina. Arte feminista sería el arte que busca corregir las imágenes estereotipadas de lo femenino que lo masculino-hegemónico ha ido rebajando y castigando. Un arte motivado, en sus contenidos y formas, por una crítica a la ideología sexual dominante.”
La otra dice:
Arboladas y cada rama una equivocación, una incoherencia, un testimonio

Una dice:
Así como la poesía escrita durante la Dictadura militar - según Francine Masiello, en su libro El arte de la transición- “instaló visiones alternativas de la alianza social, revisó la condición del lenguaje frente a la codificación del habla común (…) y siguió actuando, desquiciando una preferencia finisecular por el confort de las narraciones totalizantes”, también la poesía de mujeres, en especial en la contemporaneidad que compartimos, constituyó y constituye un esfuerzo central para “interrogar la situación del conocimiento y de la historia”, que no la tuvieron como sujeto, “a través del espacio compositivo y sonoro del poema”.
La otra dice:
Siglos pensando en contra de una, interrogando sin certidumbres al cuerpo y esa difusa sensación de portar una arquitectura maléfica

Una dice:
Una mujer que escribe, aún hoy, cuestiona el orden del mundo, porque cuestiona juntos el orden del lenguaje y del pensamiento. Al hacerlo, termina por afectar la estrategia del conocimiento hegemónico, porque una mujer siempre escribe como “extranjera de la propia lengua” (A. Genovese)
La otra dice:
Ser intemperie como sólo el lenguaje lo es, con la mudez en un extremo y el gorgoteo en el otro.

Una dice:
Esa extranjera que mira, a través de las palabras, el mundo que le está vedado. Durante siglos lo hizo a oscuras, en silencio, oculta bajo cien llaves o tras el amparo de un nombre masculino o atrapada en la imagen conque los hombres artistas le daban forma. ¿Podemos pensar que esto no tiene consecuencias, incluso hoy en día? Igual, a lamentarse a cualquier lado menos a la Iglesia, ya no hay nostalgia para la escritora: ella abre la puerta y no va a estar allí para cerrarla.
La otra dice:
Por siglos orar en silencio por la nube, por el cristal empañado del aire, por la pulpa oblonga de la lengua, por la rugosa seriedad del árbol; orar cada mañana y antes de dormir, por el sopor aromado de la lluvia, por el zumo de otra saliva en la propia.

Una dice:
La crítica
Así como me refiero a las necesarias diferencias entre las condiciones de producción escritural de escritores y escritoras, un párrafo aparte me reservo para un tema que me parece crucial: el de la crítica, actividad inmersa –ella también- en un entramado simbólico patriarcal y conservador que codifica y normaliza identidades y mandatos para la palabra y la acción, ya que no sólo recoge imaginarios sino que también los gesta, instalando además modos de lectura, rutas de decodificación textual en clave de discursividad hegemónica .
La otra dice:
Ser mujer como ausencia encarnada

Una dice:
La crítica como tarea que –durante mucho- estuvo en manos de una fratría masculina, produciendo sentido, un sentido que reforzaba los estereotipos referidos a las mujeres y cómo debían escribir. A tal punto que –creo- junto a otros discursos como el jurídico, el médico, el religioso, en los albores del siglo pasado, también la crítica literaria tuvo su rol en la convalidación de la maternidad como eje de la identidad femenina (recordar los textos de Juana de Ibarbourou, por ejemplo o aquel lapidario dicho del crítico González Lanuza refiriéndose a Alfonsina Storni: “su sexo era una traba”).
La otra dice:
Arder toda una historia por la perfección en el detalle del translúcido azúcar maleable.

Una dice:
Lo traigo a colación porque me consta que aún subsisten rastros de esos pensamientos arcaicos, puro anacronismo en acción (aunque ahora aparezcan disfrazados de lenguajes políticamente correctos).
La otra dice:
Sentirse estorbo, anuncia la inminente, inevitable invisibilidad

Una dice:
En esta sociedad postfordista, postcapitalista, donde pasamos de cuerpos productivos a cuerpos que consumen, cabe hacerse también la pregunta por la literatura: ¿Qué rol le asigna, espera de ella esta sociedad? Pero también, ¿qué queremos quienes escribimos? ¿cómo y cuánto de lucidez tenemos respecto a nuestro oficio?¿qué tan cerca, qué tan lejos estamos de la asimilación, de la disidencia? Con nuestros textos ¿qué discurso sostenemos, cuál liberamos?¿a qué horizonte, personal, cultural y literario, rendimos pleitesía?
Escribir no sólo sin “lector” sino y sobre todo “sin Estado”, ¿ni tan siquiera el estado poético?, lo que sea por eludir la masificación, la instrumentalización, la aprobación del Padre Estado con su bolso brillante de recursos, sus espejitos de monedas, las cuentas relucientes de prestigio, de engañosa aceptación.
La otra dice:
Aprender lo que trae la plegaria: que las uñas nacaradas son símbolos, que la oscura pintura bajo el pliegue del ojo somnoliento es símbolo, que la pericia en el diseño primoroso del pastel es símbolo

Una dice:
Creo que contra la imagen corriente que asocia la poesía a esos torturados hombres escribiendo en reclusión y a la luz de velas, hoy –y siempre- la poesía hace política en espacios disímiles como el doméstico, el público, el íntimo (x ello se le cercenan todos los lugares posibles), para denunciar lo que Derrida llama la muerte constante del lenguaje en manos de la banalización, poniendo en blanco sobre negro las continuas elecciones que se dan sólo en los grises: asimilarse o resistir.
Por supuesto, seguimos habitando ese “desierto” que es una ficción colonialista y masculinista, donde a las consabidas “distancias” debemos sumarle la inexistencia de respaldos, de políticas culturales de incentivo cultural y, sobre todo, de difusión. El Estado no sabe lo que hace al obligarnos a la autonomía. La academia no sabe lo que hace al ignorarnos.
La otra dice:
Ojos retraídos, labios cegados, rubor, higiene estricta: si dan ganas de arrancarse el cabello de a manojos como esas flores encendidas en un día eterno

Una dice:
Creo también que la vigencia de algunos nombres de poetas mujeres en la luz pública, -como los de María del Carmen Colombo, Diana Bellesi, Irene Gruss, y más cerca nuestro: Irma Cuña, Graciela Cros, Niní Bernardello, entre tantas otras porque nombrar trae a la luz y al mismo tiempo, deja en la oscuridad el resto de posibilidades- habla de la consolidación de un fenómeno (sobre todo desde la década de los 80) que no puede ni debe invisibilizarse (tras un genérico masculino) ni eludirse: una poesía escrita por mujeres: “esa mezcla de erudición y salvaje originalidad”, según Diana Bellesi.
Entonces: Saber se sabe pero no se dice.
La otra dice:
Nunca el entendimiento
Nunca el esclarecimiento
Nunca la certeza
Sólo cáscara, sombra, puro rastro

Una dice:
Saber,
decir,
no.




* Título basado en el texto “Las tretas del débil” de Josefina Ludmer.

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Bienvenidos!!!

Este espacio es un homenaje a un Grupo Literario que existiò el la Patagonia y del que tuve el honor de ser una de las fundadoras. Este grupo, ademàs de su labor poètica y una gran militancia en el campo de las letras y la cultura, iniciò una crìtica literaria en la zona.
Me gustarìa compartir con los lectores trabajos de crìtica literaria, textos inèditos, etc... en fin... lo iremos haciendo entre todos. Se aceptan sugerencias
La foto que encabeza la pàgina es del lugar donde vivo: Puerto San Juliàn, en el Vìa Lucis -sobre el Monte Cristo-Patagonia.

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Puerto San Juliàn, Santa Cruz, Argentina
poeta, narradora, crìtica literaria,madre de tres hijos, casada, ama de casa.