lunes, 31 de enero de 2011

Rastrilladas


Asi se llamaban los caminos que los indios hacían, en virtud marcas muy sutiles en el paisaje, para que las descifrara quién pudiera, con los cascos sin herrar de sus pingos y las lanzas en ristre, echando chispas en el pedrerío...
Cuando la Patagonia no había sufrido la enfermedad del alambrado, que comenzó en la década del veinte y continuó con tanta virulencia que por los treinta y tantos ya casi no quedaba tierra sin alambrar, esas rastrilladas, güeyas, eran los anárquicos caminos que se trazaban por necesidad, tal necesidad implicaba concurrir por sitios donde hubiera presencia humana, que garantizaba un plato humeante de guiso, agua para animales y vehículos, compañía y charla entre tantas soledades...en esas casas-puestos, devenidos en pulperías y boliches espontáneos se paraba siempre, con necesidad o sin ella: es la casi desaparecida actualmente Ley de la Güeya, de la que habla don Asencio Abeijón en el relato El boliche de la güeya. Allí se comía, se dormía, se daba fe de vida, se levantaban pasajeros, se traían noticias, chusmeríos, mandados, etc. Muchos poblados surgieron en virtud de el tránsito de esas güeyas y los servicios que en ellas se ofrecían, como Gobernador Gregores (ex Cañadón León) en la ruta de la lana de Lago Posadas, con la Herrería de Kusne, o Paso de Indios, donde la herrería-boliche al paso-hotel sigue funcionando aún, según me han contado.
Otros, menos afortunados, quedaron sesgados del paso arbitrario de los ingenieros que trazan las rutas y obedecen a una lógica estatal que nunca se llevó por estas latitudes, y fueron languideciendo hasta fallecer. Rastros de estos sitios son Bahía Laura, Cañadón Lagarto, Puerto Lobos, y tantos otros. Justamente hablabamos con Trudy Bohme de Los Tamariscos, el otro día, cuando me contaba que su padre creía que por lógica la ruta iba a pasar por el valle del río Senguerr, pero no, la hicieron pasar por el alto, por lo cual el Boliche debió ser traslado unos cuantos kilómetros, hacia dónde está actualmente.
La ley de la güeya implica que en la Patagonia uno debe parar en los boliches porque nunca sabe cuándo necesitara de sus servicios, entonces conviene darse a conocer, estirar la mano, decir quién uno es y de dónde viene, entonces los patagónicos - a los que se los conoce como parcos y reservados- muestran su verdadero ser, hospitalarios y cálidos. En Santa Cruz es uno de los lugares donde la ley de la güeya se sigue manteniendo y supongo que también en los lugares alejados de los lugares turisticos.
Los caminos estatales que dejaron sin posibilidades a los aquellos lugares, hoy, ya sin pudor, los han borrado de los carteles donde antes figuraban, ya no se puede cruzar los campos por las güeyas, hay que respetar las rutas que el estado ha trazado, y los carteles rezan, amenazantes "propiedad privada"...estamos los que no creemos en ella y echamos de menos andar por donde nuestro impulso nos llevaría, será momento de empezar a cortar alambrados, y parar en los boliches y recuperar nuestra cultura, que se formó transitando esas picadas y güeyas, rastrilladas que se está llevando el viento, poco a poco...como nuestra mirada, más urgente y urbana, más provisoria y urgente en cosas menos urgentes

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Bienvenidos!!!

Este espacio es un homenaje a un Grupo Literario que existiò el la Patagonia y del que tuve el honor de ser una de las fundadoras. Este grupo, ademàs de su labor poètica y una gran militancia en el campo de las letras y la cultura, iniciò una crìtica literaria en la zona.
Me gustarìa compartir con los lectores trabajos de crìtica literaria, textos inèditos, etc... en fin... lo iremos haciendo entre todos. Se aceptan sugerencias
La foto que encabeza la pàgina es del lugar donde vivo: Puerto San Juliàn, en el Vìa Lucis -sobre el Monte Cristo-Patagonia.

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Puerto San Juliàn, Santa Cruz, Argentina
poeta, narradora, crìtica literaria,madre de tres hijos, casada, ama de casa.